Desde el paradero
El amor es un ómnibus que se pasa de largo y te deja sentado en el paradero, esperando al siguiente, sin saber que ése era el último.
Escribo yo, lees tú. Escribes tú, leo yo.
El amor es un ómnibus que se pasa de largo y te deja sentado en el paradero, esperando al siguiente, sin saber que ése era el último.
Me dicen que te has muerto, pero creo que no tienen razón. Todavía puedo escuchar tus patas atolondradas bajando las escaleras y tus ladridos cuando suena el timbre. Como lo hago desde hace diez años, todavía levanto los cojines de los muebles para que tú, pendenciero, no te eches a dormir en el juego de sala de la vieja. Aún siento que llegarás a saludarme en medio de la madrugada, entre dormido y despierto, al sentirme llegar a casa, tarde, como siempre. Anoche hasta escuché como roncabas debajo de mi cama. Bajé la mano para acariciar tu cabezota, pero sólo sentí el frío del piso que me hizo recordar que cuando un tumor hace metástasis en el cuello de un perro cualquier esfuerzo es inútil. Y me volví a dormir. Quizá para no llorar, quizá para poder acariciarte en un sueño. Un sueño que me diga que es mentira que estás enterrado en mi jardín.
No tengo un duro que me alumbre
Para ser sincero, su música nunca me gustó mucho, por no decir nada. En más de una ocasión sus gallos y letritas de colegiala me sacaron de mis casillas, sobre todo en esas épocas en que las radios repetían sus primeras canciones cada cinco minutos. Sin embargo, la jovencita colombiana, que en ese entonces se abría paso en el mundo de la música, me agradaba mucho por la naturalidad que proyectaba. Estaba tan lejos del vacío y plástico estilo prefabricado de las divas y tan próxima al carisma y sencillez de la chica que le presentarías a tu mamá, que la sentía cercana, terrena. Hasta que un día esa chiquita de hermoso cabello azabache conoció a un tal Estefan y nunca más se supo de ella. Su lugar fue ocupado por una blonda megaestrella que canta en inglés, habla en inglés y hasta agradece en inglés premios latinos. Que pide helicópteros para transportar su cuerpo perfecto, con abdominales perfectos y trasero perfecto, hasta el lugar donde la esperarán miles de gentes que pagarán miles de dólares para escucharla interpretando en spanglish un esperpento tan horriblemente comercial que hasta hace añorar sus letritas de colegiala. Yo prefiero quedarme en el pasado… cuando sus caderas en realidad no mentían.
No veía a Mocho desde hace más de diez años, desde las épocas en las que era el más pendejo del colegio. Lo encontré sin afeitar y un poco barrigón. Usaba las chancletas domingueras mordisqueadas por el perro y la vieja camiseta de un equipo de fulbito al que el altar y la paternidad fueron dejando poco a poco sin jugadores. Sus hijos le jalaban los brazos casi hasta tocar el suelo, mientras corrían hacia el parque, con la excitación que sólo un niño puede sentir un domingo a las nueve de la mañana. Me puse a mirarlo de lejos. Se moría de risa correteando a su prole. Hacía payasadas. Era un niño más en medio de sus hijos. Como en las épocas en que no había barriga, ni hijos, ni siquiera parque, sólo un terreno baldío que había formado parte de una de las grandes haciendas vitivinícolas de Surco y de la que apenas sobrevivían unos viñedos que, junto a algunos árboles y arbustos, se resistían a su inexorable desaparición en las fauces del crecimiento urbano.
Fue cuando tenía trece años. Iba al colegio en uno de los destartalados micros (todavía no habían combis asesinas) que en ese entonces recorrían toda la avenida Angamos. Allí descubrí que a veces los ángeles también usan el transporte público. Mis adolescentes ojos descubrieron entre el tumulto de pasajeros a la niña más hermosa del mundo. La miré los treinta y cinco minutos que estuvo en el ómnibus hasta que se bajó en el cruce de Angamos y Arequipa. Tan embelesado estaba que no me había dado cuenta que ella se había percatado de mi silenciosa admiración. Mientras el micro avanzaba y yo pugnaba por verla por última vez a través de la ventana, ella, con una sonrisa esplendorosa, su moñito afrancesado, sus zapatitos lustrosos y su uniforme de colegio caro, me hizo adiós con su manito de paloma. Nunca escuché su voz, nunca la volví a ver, nunca supe absolutamente nada de ella. Sólo sé que aquella fue la primera vez que me enamoré.
Esta mañana cogí el periódico y leí que Laura Bozzo ha expresado, muy dolida ella, su deseo de obtener la nacionalidad mexicana e irse a radicar en ese país. Aunque me alegré de encontrar una buena noticia en un diario después de mucho tiempo, no pude sentir cierta congoja por los paisanos del Chavo del Ocho. Si alguno de ellos llegara a leer estas líneas, quiero decirle que todos los peruanos estamos con ustedes. No pierdan las esperanzas. No hay mal que dure cien años. En nuestro caso fueron más o menos diez. Es cierto, será difícil sobrellevar ese tiempo. Deberán disimular la vergüenza ajena si a nuestra próxima ex compatriota e inminente compatriota de ustedes se le ocurre apoyar incondicionalmente al algún dictador que salga por allí, le mande besos volados por televisión y ponga las manos al fuego por su siniestro y corrupto asesor de inteligencia. Y si no tienen cable estarán condenados a ver cómo en su talk-show un grupo de mexicanos sin dientes se agarra a golpes en pleno estudio, exhibiendo su miseria no sólo material sino también familiar, en dramas verdaderos o inventados. Deberán reprimir las náuseas cuando esos mismos mexicanos sin dientes empiecen lamerse las axilas y los pies unos a otros por unos cuantos pesos. Y finalmente, soportarán la patética escena de la conductora creyendo que les solucionará todos los problemas regalándoles un "carrito sanguchero" (en su caso lo podrían usar para vender tacos, enchiladas y gordas pellizcadas). Les deseo mucha suerte.
Los puentes de la Vía de Evitamiento pasaban por sobre nuestras cabezas como ráfagas mientras mi viejo aceleraba todo lo que podía para que este hijo suyo, que se había quedado en la casa viendo el mundial de fútbol con él, llegara lo menos tarde posible al trabajo. Nuestra veloz marcha fue interrumpida por una fila interminable de camiones que bloqueaba dos de los tres carriles de la vía. Inútilmente mi viejo intentó pasar a los camiones por el carril de la derecha. Se lo impedía una jauría de combis que se peleaban, rabiosas, por los pasajeros que caminaban por la mera autopista. Antes que el infernal atolladero le provocara un infarto a mi refunfuñón progenitor, quien a la sazón ya estaba maldiciendo a los camioneros, a los choferes, cobradores y pasajeros de las combis, a los policías, al alcalde, al Presidente y a su gabinete completo y hasta a Pekerman por no ponerlo a Messi, encendí la radio. La emisora tocaba una de esas canciones de las cuales no conozco el nombre, pero cuya letra me sé de principio a fin. Esas canciones viejas que odiaba de niño porque eran las que me anunciaban en las mañanas que ya mi viejo se había despertado y que en minutos me sacaría de la cama para alistarme y llevarme al colegio junto a mis hermanos. Esas canciones que sin darme cuenta fueron quedándose en algún lugar indeleble de mi memoria y que me llevan a las mañanas del insufrible jugo de betarraga con naranja, del agua fría de la ducha, del rostro siempre apurado de mi mamá planchando los uniformes antes de irse a trabajar, de las interminables batallas de mi viejo para despertar a mis hermanos, de buscar el zapato, la correa o la insignia perdida, del pan caliente con chicharrón de prensa y la leche con nata, de las tareas a última hora, del sol furtivo de propina, de la lonchera de He-Man, de limpiarme el lápiz labial del beso de despedida de mamá, de la mano de mi viejo para cruzar la pista, del “cuida a tus hermanos”, del “ya regreso”, del verlo tantas veces yéndose y tantas veces volviendo, llevándonos a la casa y empezando de nuevo al día siguiente. Y más todavía. Gracias, viejo, por llevarme ese día y todos los demás.
Mi tío Pepe es uno de esos antiguos y férreos hinchas de Alianza Lima. Esos que se saben de memoria las alineaciones de los equipos aliancistas de los años 40 o 50 y de los que cuando niño se escapaba del colegio para ver entrenar –ni siquiera jugar, sino entrenar– al equipo de La Victoria. Cuando pasaron los años los amigos de mi tío dejaron de ir al estadio. A la sazón él ya se había casado y había nacido su primer y único hijo, mi primo Carlitos, con quien nació también la ilusión de mi tío de prolongar, en su sangre, su afición.
A nadie debe interesarle, es cierto. Pero creo que al menos debía haberlo recordado yo. Pero, como todo aquello que tenga que ver con fechas, se me olvidó. El pasado martes 21 de febrero este sitio cumplió un año. No es mi intención hacer un recuento de esta inconstante, pero ineludible experiencia. Lo único que quiero es darte las gracias por tomarte la molestia de leer estas líneas y las de más abajo, aunque, ni las unas ni las otras, valgan realmente la pena.
En nuestra blogósfera chola se desató hace poco una encarnizada polémica en torno al término "marrón", el cual es utilizado por algunos bloggers para designar –según sostiene uno de sus cultores– a aquella persona "que dice estupideces y/o sandeces, independientemente de su condición económica, moral, social y del color de su piel".
Mi papá veía el noticiero de la noche en el televisor de la sala cuando sonó el timbre y por el intercomunicador oyó las voces de dos amigos de mi hermano que lo venían a buscar. Mi hermano salió y se quedó hablando con los muchachos en la puerta que da a la cochera, mientras mi papá miraba el televisor sentado en el sillón de su apacible sala.
Siempre me ha intrigado ese extraño fenómeno que se produce en algunas personas que sufren la amputación de alguno de sus miembros, cuando sienten comezón o dolor en el brazo o pierna que ya no tienen. Los médicos lo llaman Síndrome del Miembro Fantasma. Según averigüé en internet, este es un efecto colateral indeseable del intento del cerebro por reorganizarse después de una interrupción seria de la información sensorial que recibe del resto del cuerpo
Los fines de semana de aquellos años con los que se iniciaron los noventa no vieron ni por asomo en la canchita de fulbito a ese entonces flaquito que había cambiado el hábito de la pelota matutina por el placer de verla bajar de su nube a través del viejo Panasonic que había en casa.
Como el enamorado de la lengua castellana que soy, aplaudo fervorosamente la campaña que lleva adelante el cantante Juanes con la compañía Pepsi. El tema me hizo recordar un post que escribí hace algunos meses, precisamente con el título “Aquí se habla español”. Aunque varios de los amigos que visitan este sitio ya lo leyeron y formularon los comentarios correspondientes, me tomaré la licencia de reproducir su contenido, a propósito de la campaña de Juanes. Los nuevos comentarios serán agradecidos. ¡Hasta el próximo post!
El chofer del taxi escuchaba casi religiosamente cada uno de los consejos que la “astróloga” le daba a los oyentes que llamaban con fervientes peticiones de adivinación sobre el amor, el dinero, los estudios y el trabajo. El ensimismado rostro del conductor, que parecía ser el más asiduo oyente del programa de marras, me desanimó de pedirle que cambiara de estación. El sujeto seguramente hubiera preferido bajarme en medio de la Vía Expresa antes que quedarse sin escuchar las predicciones para su signo.
En el colegio yo tenía un profesor de Historia Universal que era en realidad genial. El hombre no se limitaba a explicarnos por qué a Napoleón le sacaron la chochoca en Waterloo o los detalles sobre la decapitación del Rey de Inglaterra Carlos I, sino que además era una fuente inagotable de historias, anécdotas y esos detalles paralelos que le dan a la historia un color distinto al de las enciclopedias. Años antes que el cable nos trajera la maravilla de “The History Channel”, este profesor había encontrado el modo de hacer sus clases de una manera tan entretenida e interesante que lograba mantener atentos por tres cuartos de hora a un grupo de treintaitantos escolares menores de 16 años que no precisamente se caracterizaba por su buena conducta.
Los relojes marcaban las 10 de la noche con 30 minutos del sábado anterior al Día del Padre cuando me di cuenta que no había comprado un regalo para mi abuelo, con quien iba a tomar desayuno ese domingo tan especial, que serviría para que el más ingrato de sus nietos expiara sus culpas, que en el fondo siempre terminan siendo las culpas del maldito trabajo y sus horarios prohibitivos.
Tenía en mente escribir un post explicando las razones por las cuales no he podido escribir en los últimos días. Sin embargo, reflexionando al respecto, caí en la cuenta que sería demasiado pretencioso de mi parte suponer que alguien se ha dado cuenta de que he escrito o no. Y además, ¿no sería una soberana pérdida de tiempo intentar explicarle a los demás las razones por las cuales no escribo, cuando ya tengo bastantes problemas al intentar explicarme a mí mismo las razones por las cuales escribo?
No tengo nada en contra de los chilenos. Tengo amigos periodistas de esa nacionalidad. Y advierto que es una simple coincidencia el hecho que en el post previo también haya abordado una temática relacionada con nuestros vecinos del sur. Pero no podía dejar de mencionar este artículo. Prefiero guardamente mis opiniones al respecto, pero me gustaría saber qué les parece a ustedes, amigos.
(Nota del autor: Este post puede ser perfectamente comprendido por los blogger peruanos, pero para los amigos de otras latitudes advierto que todas las líneas de abajo son puro y visceral sarcasmo)
Luego de un buen tiempo me subí en un ómnibus. No me ufano de no necesitar el transporte público, del cual sería asiduo usuario de no ser por las facilidades de transporte que me ofrece el trabajo que tengo actualmente. Pero como todo en la vida tiene su final, mejor no me malacostumbro y, de cuando en cuando, subo a la volada a nuestras destartaladas unidades urbanas y bajo “con pie derecho”.
Como sucedió en el post que escribí hace ya varios días (antes de contestar las cadenas literaria y musical que me enviaron mis estimados amigos Santos y Flavio) la materia de estas líneas también tienen su origen en los interesantes intercambios de correos que se producen en la lista de BlogsPerú.
Estimados lectores, algún día tenía que pasar. Ya me estaba sorprendiendo que este neófito blogger durase tanto tiempo on line sin meter las cuatro patas. Ayer en la noche, quisiera explicar por qué razón, pero hasta ahora no la comprendo, ya no había blog. En su lugar había una pantalla totalmente en negro. De no ser por la ayuda de mi buen amigo Juan Arellano, a quien agradezco pública y sinceramente, Propio y Ajeno hubiese pasado a la historia. Pero en fin, ahí vamos recuperándonos del desastre que ocasioné en mi Template. Me falta volver a colocar los links de mis bloggers amigos. Lo haré este fin de semana. No se rían!
Mientras posteo estas líneas, en la lista de Blogs Perú se libra una intensa polémica que nació a partir de la supresión, aplaudida por la gran mayoría, creo yo, del TOP 25. Ahora han surgido algunas voces que consideran que la sección de Recomendados debería correr la misma suerte.
Bueno, aunque algo tarde, contesto la cadena musical enviada por mi amigo Flavio.
Mi nuevo amigo Superscout, me ha pasado una cadena sobre libros ahí van mis respuestas...
Finalmente el Gobierno de Chile admitió lo evidente y se disculpó formalmente con el Perú por haberle vendido armas al Ecuador durante el conflicto que nos enfrentó con ese país en 1995. Como lo sostuve en un post anterior, más allá de las simpatías o antipatías con el actual régimen, el reclamo peruano a Chile representaba una causa nacional, a la cual –algo lamentable pero previsible en un país tan desunido como el nuestro– pocas voces adhirieron.
No siempre se tienen a la mano opiniones tan lúcidas sobre un tema en el que fácilmente podemos ser inducidos al error, como es el caso de nuestras complejas relaciones con Chile. En medio del confuso torbellino mediático producido por nuestro último encontronazo con los vecinos del sur, Don Manuel Jesús Orbegoso plasma su experimentada óptica en:
La nostalgia y la tristeza son las musas por excelencia para escribir de amores. Estas crueles damas, omnipresentes en la vida del ser humano, lo quiera o no, han hecho parir a lo largo de la historia obras maestras que generaciones enteras han sentido en sus fibras más profundas como escritas para ellas mismas. Seguramente, muchos de nosotros hemos llenado de inspiración una página o dos, o tres, como producto de una despedida, de un final, de un adiós. Los blog son una magistral prueba de ello. Hay post sobre amores que son inmensamente tristes y nostálgicos y cuya belleza les hace alcanzar ribetes literarios. No sé por qué razón empecé con esta reflexión, si así puedo llamarla. Lo único que quería decirte es que te amo china y que espero nunca escribir uno de esos post sobre nosotros.
Es la primera vez que escribo sobre temas políticos en este blog. Si no lo he hecho antes es simplemente porque utilizo este espacio para distraer mi mente del tema con el que precisamente debo alternar día tras día: la política. Pero si me animo a hacerlo en esta ocasión es porque me indigna tremendamente como peruano y periodista la retahíla de irreflexivas y sorprendentes críticas que se han formulado por la posición asumida por el Perú frente a la confirmada entrega de armas por parte de Chile al Ecuador en pleno conflicto con nuestro país en 1995.
Siempre me he negado a aceptar que el simple y fortuito hecho del lugar de su nacimiento “marque” inflexiblemente la personalidad de un individuo. Sin embargo, cierto es que las sociedades determinan los rasgos sociales de sus integrantes, moldeando en ellos algunas o muchas características positivas y negativas. Es por ello que resulta tan difícil que un individuo, elemento base de una sociedad, deje atrás las miserias que arrastra su idiosincrasia.
Uno de los beneficios que me da este trabajo es un toyota negro con lunas polarizadas que me lleva religiosamente hasta la puerta de mi casa cuando termino la jornada laboral de diez, doce o catorce horas. Cosa paradójica, hombre con chofer y –en estos meses de pago de impuestos– con muchas tarjetas, pero ningún billete en la cartera. Necesito más plata carajo, pensaba a lo largo de la Vía de Evitamiento. Me di cuenta de manera más nítida de mi necesidad cuando me pareció una barbaridad pagar tres soles por el peaje. Pensé en un post que leí por ahí (creo que en “Agenda de un Loco Razonable”) en el cual el autor preguntaba si alguien conocía dónde había dinero botado para ir a recogerlo. Me reí. A la altura del puente Benavides volví a recordar que no tenía plata. Retornó mi malhumor. Llegué a mi casa, me bajé del carro. Cuando caminaba hacia la puerta encontré a una señora agachada cerca al jardín del frente de mi casa. Buscaba en mi basura algo que sirviera para reciclar. “Perdón, joven…”, murmuró pensando quizá que la echaría de allí. Hay gente que está más jodida que yo, pensé recordando los dichos de mi madre. “Busque no más seño, si encuentra plata me avisa ah!”. No me entendió. Y yo me reí otra vez.
No tengo nada en contra del inglés, idioma que no domino, pero que muchas veces tengo que usar por cuestiones de trabajo. Sin embargo, soy un enamorado de mi lengua materna, y quizá por eso me resisto a ser parte del aplastante proceso que se evidencia cada día más en nuestra forma de comunicarnos y de sustantivar.
Hace poco estuve revisando blogs mexicanos. Algunos post me parecieron muy interesantes, aunque a veces se tornaban algo difíciles de comprender debido a la frecuencia con la que usaban la jerga local. Aunque –gracias al eterno Chavo del 8– tengo un conocimiento básico de la jerga mexicana, algunas de las palabras que leí hasta hoy permanecen en la nebulosa de mi cerebro.



No sé a ciencia cierta cómo ni cuándo comenzó esta adicción al dolor. Pero quizá pueda encontrar en mi niñez los orígenes de este raro mal. Haciendo memoria, creo que la punta de esta larga madeja de sufrimientos puede encontrarse un 30 de junio de 1985. Ese día, la selección peruana de fútbol estuvo a punto de clasificar al Mundial de México 86. No sería una clasificación común y silvestre. Íbamos a eliminar nuevamente a la Argentina en su propia cancha. Sólo faltaban siete minutos para que terminara el partido y nuestra selección iba ganando 2 goles a 1. Yo estaba a punto de cumplir seis años y ya me imaginaba pegando las figuritas de Cueto, Oblitas, Barbadillo y Navarro en mi álbum de México 86. Gareca se encargó de romper todos mis sueños. Fue el primer golpe. Pero estaba lejos de ser el último.


En Lima no existe una inversión más inútil que las decenas de puentes peatonales que atraviesan la Vía de Evitamiento y la Panamericana Sur. ¿Para qué se han gastado millones de soles de todos los peruanos en estas obras, si nuestros cívicos vecinos siembre cruzan las vías de alta velocidad por la mera pista? ¡Qué despistado el Alcalde que construyó los puentes! ¿Acaso no sabe que al peruano le importa un rábano arriesgar la vida si de ahorrar tiempo y esfuerzo se trata? ¿Qué no podía ver que es más rápido cruzar por la pista en vez de subir decenas de escalones y después bajarlos para llegar seguro al otro lado? Antes de hacer tamaña inversión debieron haberle preguntado al hijo de puta que se atravesó al taxi que me llevaba a cien kilómetros por hora por Evitamiento y que casi ocasiona que no estuviera aquí para escribir este post.
Temprano fue al banco a pagar una armada de la universidad donde acababa de ingresar. Le había agradado el cajero y cuando le dio su cambio intentó, con atrevimiento, tocarle la mano. No lo consiguió. En fin. Para cuando pague la otra pensión será. Su pueril intento de flirt se diluyó inmediatamente cuando el estúpido del guachimán le silbó chabacanamente, sin tacto ni delicadeza. Minutos más tarde, pensando en el anónimo cajero, recorría el camino a la universidad a bordo de una de las innumerables combis que vuelan por la avenida Javier Prado. Cuando bajó en su paradero, el otro estúpido del cobrador le volvió a silbar.

(A un año de la muerte de cuatro peruanos en los brutales atentados en la estación de trenes de Atocha)

Mi homenaje a los compañeros de esta vida, tan corta, tan larga. Representantes de este malhadado signo, a quienes, por pretender conocer mucho, no conozco nada y que por creer conocer poco, termino conociendo demasiado. Incansables seguidores de este Joaquín, al que cada día le ponen más discos encima. Mitades sin mitad. Viajeros de madrugada en este bus que a veces, como la vida, llega antes que nosotros y nos pasa de largo.
(Al anónimo virtuoso de una de las tantas cuadras de la avenida La Marina)

Periodista: Alguien que no tiene nada en la cabeza y es capaz de expresarlo. (Russell Buker)