que jamás confesaste
y que solo susurraron tus ojos.
Ese suspiro nonato
que yace en algún lugar
entre tu corazón y tu garganta.
El redentor de las horas
que salvan aquellas pocas
del inminente olvido.
Un ingenuo ladrón
que quiso robar tu tristeza
para llevarla, lejos,
a vivir conmigo.
