domingo, noviembre 19, 2006

¿Dónde estás corazón?

Para ser sincero, su música nunca me gustó mucho, por no decir nada. En más de una ocasión sus gallos y letritas de colegiala me sacaron de mis casillas, sobre todo en esas épocas en que las radios repetían sus primeras canciones cada cinco minutos. Sin embargo, la jovencita colombiana, que en ese entonces se abría paso en el mundo de la música, me agradaba mucho por la naturalidad que proyectaba. Estaba tan lejos del vacío y plástico estilo prefabricado de las divas y tan próxima al carisma y sencillez de la chica que le presentarías a tu mamá, que la sentía cercana, terrena. Hasta que un día esa chiquita de hermoso cabello azabache conoció a un tal Estefan y nunca más se supo de ella. Su lugar fue ocupado por una blonda megaestrella que canta en inglés, habla en inglés y hasta agradece en inglés premios latinos. Que pide helicópteros para transportar su cuerpo perfecto, con abdominales perfectos y trasero perfecto, hasta el lugar donde la esperarán miles de gentes que pagarán miles de dólares para escucharla interpretando en spanglish un esperpento tan horriblemente comercial que hasta hace añorar sus letritas de colegiala. Yo prefiero quedarme en el pasado… cuando sus caderas en realidad no mentían.

martes, octubre 10, 2006

Detrás de los viñedos

No veía a Mocho desde hace más de diez años, desde las épocas en las que era el más pendejo del colegio. Lo encontré sin afeitar y un poco barrigón. Usaba las chancletas domingueras mordisqueadas por el perro y la vieja camiseta de un equipo de fulbito al que el altar y la paternidad fueron dejando poco a poco sin jugadores. Sus hijos le jalaban los brazos casi hasta tocar el suelo, mientras corrían hacia el parque, con la excitación que sólo un niño puede sentir un domingo a las nueve de la mañana. Me puse a mirarlo de lejos. Se moría de risa correteando a su prole. Hacía payasadas. Era un niño más en medio de sus hijos. Como en las épocas en que no había barriga, ni hijos, ni siquiera parque, sólo un terreno baldío que había formado parte de una de las grandes haciendas vitivinícolas de Surco y de la que apenas sobrevivían unos viñedos que, junto a algunos árboles y arbustos, se resistían a su inexorable desaparición en las fauces del crecimiento urbano.

En el mismo lugar donde hoy juega con sus niños, pero hace quince años, fue donde Mocho y este servidor se tomaron la primera cerveza de sus vidas. Me acuerdo que fue Mocho el que la compró. "Es para mi papá, señora", afirmó sin inmutarse mientras le entregaba a la tía nuestras propinas de varios días y yo me orinaba de miedo a su costado. Recuerdo que casi le arranchamos la botella de las manos a la tía y corrimos hasta los viñedos, la abrimos con el destapador que había sacado de su cocina y nos la tomamos a pico. No nos gustó, pero hicimos lo mismo durante años amparados entre el follaje que nos rodeaba. "Mi papá tiene sed", decía él cuando quería tomar, nos cagábamos de risa e íbamos donde la tía. Un día Mocho tomó más de la cuenta y me contó de su viejo. Se llevaban hasta las huevas. Creo que el tío le daba mucho al trago y se le pasaba la mano con la correa al tratar de enderezar al más pendejo del colegio. Mocho se puso a llorar y me juró que a sus hijos no los iba a tratar así jamás. Después vomitó todo lo que había almorzado ese día y se quedó dormido. Me quedé con él. Se despertó cuando ya habían pasado varias horas de mi límite de permiso. Cuando llegué a mi casa, mi viejo me gritó hasta quedarse afónico. Pero yo sólo podía pensar en el pobre Mocho. Seguramente en ese momento le estaban sacando la mierda en su casa. Cuando mi viejo acabó de regañarme yo lo abracé y me puse a llorar. Mi pobre viejo no entendía nada.

Pasó el tiempo y comenzamos a adentrarnos en el inexplorado universo femenino y la botella fue encontrando otras utilidades. Mocho, como no podía ser de otra manera, vino con la novedad de la "botella borracha", juego por el que dejamos prácticamente todo, incluida la pelota y el supernintendo. Yo casi nunca tenía suerte y siempre me tocaba cumplir castigos tontos, pero de chapes, nada. Hasta que el día de mi suerte llegó. Luego de interminables vueltas, la botella se detuvo. El pico le apuntaba a una chica que me gustaba y el fondo a Mocho. Y Mocho mandó: "Chapa con Angel". Me acuerdo que la llevé flotando detrás de unos arbustos, mudos testigos de mi primer acercamiento a la anatomía femenina. Cuando salimos éramos oficialmente enamorados. Duramos un mes. Después ella fue enamorada de Mocho. Duraron menos.

Mientras lo veía en los columpios esforzándose por prestarle atención a los dos pequeños al mismo tiempo, yo, desde mi rincón, intentaba vanamente de acordarme cuándo dejé de frecuentar a Mocho. No pude. Ni siquiera podía recordar cuándo dejé de ir a ese terreno. Me preguntaba cuándo desapareció. Cuándo arrasaron los viñedos, los árboles, los arbustos y la acequia para dar paso al parque, los edificios y los grandes estacionamientos. Cuándo se fueron todas esas vivencias, todos esos descubrimientos. Esas alegrías y tristezas de las que está hecho el crecer. Me acerqué un poco. Al verme, Mocho sonrió nostálgicamente. Quizá en ese momento él también se preguntaba lo mismo.

domingo, agosto 27, 2006

Mi primera vez

Fue cuando tenía trece años. Iba al colegio en uno de los destartalados micros (todavía no había combis asesinas) que en ese entonces recorrían toda la avenida Angamos. Allí descubrí que a veces los ángeles también usan el transporte público. Mis adolescentes ojos descubrieron entre el tumulto de pasajeros a la niña más hermosa del mundo. La miré los treinta y cinco minutos que estuvo en el ómnibus hasta que se bajó en el cruce de Angamos y Arequipa. Tan embelesado estaba que no me había dado cuenta que ella se había percatado de mi silenciosa admiración. Mientras el micro avanzaba y yo pugnaba por verla por última vez a través de la ventana, ella, con una sonrisa esplendorosa, su moñito afrancesado, sus zapatitos lustrosos y su uniforme de colegio caro, me hizo adiós con su manito de paloma. Nunca escuché su voz, nunca la volví a ver, nunca supe absolutamente nada de ella. Sólo sé que aquella fue la primera vez que me enamoré.

domingo, agosto 20, 2006

¡Órale, Laura!

Esta mañana cogí el periódico y leí que Laura Bozzo ha expresado, muy dolida ella, su deseo de obtener la nacionalidad mexicana e irse a radicar en ese país. Aunque me alegré de encontrar una buena noticia en un diario después de mucho tiempo, no pude sentir cierta congoja por los paisanos del Chavo del Ocho. Si alguno de ellos llegara a leer estas líneas, quiero decirle que todos los peruanos estamos con ustedes. No pierdan las esperanzas. No hay mal que dure cien años. En nuestro caso fueron más o menos diez. Es cierto, será difícil sobrellevar ese tiempo. Deberán disimular la vergüenza ajena si a nuestra próxima ex compatriota e inminente compatriota de ustedes se le ocurre apoyar incondicionalmente al algún dictador que salga por allí, le mande besos volados por televisión y ponga las manos al fuego por su siniestro y corrupto asesor de inteligencia. Y si no tienen cable estarán condenados a ver cómo en su talk-show un grupo de mexicanos sin dientes se agarra a golpes en pleno estudio, exhibiendo su miseria no sólo material sino también familiar, en dramas verdaderos o inventados. Deberán reprimir las náuseas cuando esos mismos mexicanos sin dientes empiecen lamerse las axilas y los pies unos a otros por unos cuantos pesos. Y finalmente, soportarán la patética escena de la conductora creyendo que les solucionará todos los problemas regalándoles un "carrito sanguchero" (en su caso lo podrían usar para vender tacos, enchiladas y gordas pellizcadas). Les deseo mucha suerte.

Cuando pensé que no podía estar más contento, el mismo diario se encargó de darme una alegría mayor (esto sí es raro). Páginas más adelante leí que desde hoy el Perú exige visa a los ciudadanos mexicanos que quieran ingresar al país. Bueno, si algún día la "doctora" quiere venir de visita, ojalá que el funcionario que la atienda en el Consulado haya visto su programa.

sábado, julio 01, 2006

Canciones viejas para el tráfico

Los puentes de la Vía de Evitamiento pasaban por sobre nuestras cabezas como ráfagas mientras mi viejo aceleraba todo lo que podía para que este hijo suyo, que se había quedado en la casa viendo el mundial de fútbol con él, llegara lo menos tarde posible al trabajo. Nuestra veloz marcha fue interrumpida por una fila interminable de camiones que bloqueaba dos de los tres carriles de la vía. Inútilmente mi viejo intentó pasar a los camiones por el carril de la derecha. Se lo impedía una jauría de combis que se peleaban, rabiosas, por los pasajeros que caminaban por la mera autopista. Antes que el infernal atolladero le provocara un infarto a mi refunfuñón progenitor, quien a la sazón ya estaba maldiciendo a los camioneros, a los choferes, cobradores y pasajeros de las combis, a los policías, al alcalde, al Presidente y a su gabinete completo y hasta a Pekerman por no ponerlo a Messi, encendí la radio. La emisora tocaba una de esas canciones de las cuales no conozco el nombre, pero cuya letra me sé de principio a fin. Esas canciones viejas que odiaba de niño porque eran las que me anunciaban en las mañanas que ya mi viejo se había despertado y que en minutos me sacaría de la cama para alistarme y llevarme al colegio junto a mis hermanos. Esas canciones que sin darme cuenta fueron quedándose en algún lugar indeleble de mi memoria y que me llevan a las mañanas del insufrible jugo de betarraga con naranja, del agua fría de la ducha, del rostro siempre apurado de mi mamá planchando los uniformes antes de irse a trabajar, de las interminables batallas de mi viejo para despertar a mis hermanos, de buscar el zapato, la correa o la insignia perdida, del pan caliente con chicharrón de prensa y la leche con nata, de las tareas a última hora, del sol furtivo de propina, de la lonchera de He-Man, de limpiarme el lápiz labial del beso de despedida de mamá, de la mano de mi viejo para cruzar la pista, del “cuida a tus hermanos”, del “ya regreso”, del verlo tantas veces yéndose y tantas veces volviendo, llevándonos a la casa y empezando de nuevo al día siguiente. Y más todavía. Gracias, viejo, por llevarme ese día y todos los demás.

lunes, marzo 06, 2006

El tiro por la culata

Mi tío Pepe es uno de esos antiguos y férreos hinchas de Alianza Lima. Esos que se saben de memoria las alineaciones de los equipos aliancistas de los años 40 o 50 y de los que cuando niño se escapaba del colegio para ver entrenar –ni siquiera jugar, sino entrenar– al equipo de La Victoria. Cuando pasaron los años los amigos de mi tío dejaron de ir al estadio. A la sazón él ya se había casado y había nacido su primer y único hijo, mi primo Carlitos, con quien nació también la ilusión de mi tío de prolongar, en su sangre, su afición.

Lo que sucedió entonces no lo sé porque aún no había nacido. Pero desde que tengo uso de razón Carlitos siempre fue hincha del Boys. Supongo que los esfuerzos del padre no fueron lo suficientemente fuertes para detener la incontrolable ola de popularidad que el equipo del puerto tenía durante la niñez de mi primo. La tarea de mi tío Pepe debe haber sido aún más complicada si se toma en consideración que vivían en el Callao. Hacerlo aliancista se habría tornado imposible.

Así las cosas mi tío debe haberse resignado a que muera con él la afición aliancista en la familia (porque en mi árbol genealógico hay hinchas hasta del Municipal, pero de Alianza sólo el protagonista de este relato). Sin embargo, con los años dos acontecimientos hicieron que mi tío Pepe recuperara las esperanzas en extender en su familia el amor por su equipo: mi nacimiento y el de mi primo Coco.

Yo nací en julio y mi primo Coco en noviembre de 1979. Creo que, luego de los nombres que nos pondrían, lo más importante era de qué equipo seríamos. Desde ese momento se inició una guerra entre mi tío Pepe y mi tío Perico, que es de la U, por hacernos hinchas de sus respectivos equipos. Con menos chance, mi tío Jesús terciaba para que abrazáramos los alicaídos colores del Deportivo Municipal.

Pero sin duda, era mi tío Pepe el que más empeño le ponía a su empresa. Nos compró la camiseta, posters, pelota, figuritas del Alianza. Y lo más importante: nos llevaba a Matute. Esta perseverancia y dedicación finalmente dieron frutos. Me cuentan, porque no lo recuerdo muy bien, que un día Coco y yo, de seis o siete años, empezamos a jugar a que éramos jugadores de Alianza mientras pateábamos la pelota en la puerta de la casa de la abuela en Jirón Colina. Mi tío Pepe estaba feliz.

Pero faltaba el toque final. Ese sello indeleble que marca para toda la vida el amor por uno u otro de los compadres: un clásico. Entonces, el orgulloso tío aliancista se encaminó con sus dos sobrinos aliancistas al estadio aliancista para ver un triunfo aliancista sobre la U. Era 1987 y fuimos a la tribuna de oriente de Matute. En ese entonces la gente de la U y de Alianza se sentaba prácticamente junta y no había las separaciones a las que hoy obliga la violencia.

En fin, fuimos al estadio donde nuestra filiación aliancista quedaría oleada y sacramentada. Pero aquella tarde la U ganó con dos goles de Fidel Suárez. Mi primo y yo gritamos los goles, sobre todo el segundo. Recuerdo todavía al arquero de la Alianza arrastrándose infructuosamente ante la maestría del zurdo. Ese día me hice hincha de Universitario de Deportes. Creo que mi primo también lo es desde ese momento. El buen tío Pepe tuvo que resignarse otra vez. Pero lo que voy a deberle toda la vida es el haberme llevado a ese clásico.


Image hosting by Photobucket

lunes, febrero 27, 2006

Lo siento, se me olvidó

A nadie debe interesarle, es cierto. Pero creo que al menos debía haberlo recordado yo. Pero, como todo aquello que tenga que ver con fechas, se me olvidó. El pasado martes 21 de febrero este sitio cumplió un año. No es mi intención hacer un recuento de esta inconstante, pero ineludible experiencia. Lo único que quiero es darte las gracias por tomarte la molestia de leer estas líneas y las de más abajo, aunque, ni las unas ni las otras, valgan realmente la pena.

sábado, febrero 04, 2006

Soy marrón y no me compadezcas

En nuestra blogósfera chola se desató hace poco una encarnizada polémica en torno al término "marrón", el cual es utilizado por algunos bloggers para designar –según sostiene uno de sus cultores– a aquella persona "que dice estupideces y/o sandeces, independientemente de su condición económica, moral, social y del color de su piel".

Escudados en su particular definición de dicho color, esos bloggers se dedican a "marronear" en sus posts a todo aquel que encaje dentro del nuevo significado que le han otorgado a esa coloración que no sólo es el resultante de combinar el rojo y el verde sobre la paleta, sino que además –aunque quieran cerrar los ojos– es la pigmentación de la piel cobriza.

De esta manera, esos bloggers usan alegremente un término que tiene una connotación evidentemente de carácter racial (por ejemplo, si nos hablan de "amarillos" pensaremos inmediatamente en personas asiáticas) para designar como "marrones" a aquellas personas "que dicen estupideces y/o sandeces".

Ahora bien, ¿no es inconsistente y hasta cínico decir que dicha definición es "independiente al color de la piel" cuando la palabra "marrón" es precisamente un color? Y no cualquier color, sino que es el color de la piel de esas mayorías del país a las que no les dejan entrar a Aura.

Esa usanza resulta, pues, aunque no lo quieran aceptar quienes la defienden, discriminatoria y arbitraria, puesto que –sin querer o queriendo– estereotipa lo "marrón" (léase lo "andino", "cholo", "indio", "zambo" y todas las variaciones de lo "no blanco" que hay en nuestro país) con el consabido San Benito, e incluso cosas peores.

Es claro que cada quien es libre de decir las cosas que quiera en su respectivo blog (derecho que ejerzo en este momento), e incluso de otorgar a las palabras significados que no les corresponden. Pero sería más honesto que si quisieran decir algo lo digan con todas sus letras y no apelando a argucias lingüísticas que producen vergüenza ajena.

lunes, enero 23, 2006

En la puerta de mi casa

Mi papá veía el noticiero de la noche en el televisor de la sala cuando sonó el timbre y por el intercomunicador oyó las voces de dos amigos de mi hermano que lo venían a buscar. Mi hermano salió y se quedó hablando con los muchachos en la puerta que da a la cochera, mientras mi papá miraba el televisor sentado en el sillón de su apacible sala.

Seguramente en ese momento el noticiero pasaba una de esas noticias que vemos en cantidades industriales y que nos desnudan la total inseguridad ciudadana en la que vivimos los limeños. Mi viejo pensaría en ese momento que ya uno no está seguro ni en su propia casa.

El sonido del timbre probablemente lo sacó de su reflexión. Era mi hermano con el rostro lívido. Con suerte había logrado cerrar la puerta de la casa cuando se dio cuenta de los revólveres que tenían en las manos esos muchachos con pinta de cantantes de reggaeton que bajaron de un Subaru plateado. Se quedó afuera. Afortunadamente no tenía nada que le pudieran robar, pero a sus amigos les quitaron sus billeteras y celulares.

Mientras llegaba la camioneta del serenazgo, seguramente mi viejo pensaba que la inseguridad ciudadana pasó de la pantalla de su televisor a la puerta de su casa. A la puerta de mi casa.