lunes, marzo 06, 2006

El tiro por la culata

Mi tío Pepe es uno de esos antiguos y férreos hinchas de Alianza Lima. Esos que se saben de memoria las alineaciones de los equipos aliancistas de los años 40 o 50 y de los que cuando niño se escapaba del colegio para ver entrenar –ni siquiera jugar, sino entrenar– al equipo de La Victoria. Cuando pasaron los años los amigos de mi tío dejaron de ir al estadio. A la sazón él ya se había casado y había nacido su primer y único hijo, mi primo Carlitos, con quien nació también la ilusión de mi tío de prolongar, en su sangre, su afición.

Lo que sucedió entonces no lo sé porque aún no había nacido. Pero desde que tengo uso de razón Carlitos siempre fue hincha del Boys. Supongo que los esfuerzos del padre no fueron lo suficientemente fuertes para detener la incontrolable ola de popularidad que el equipo del puerto tenía durante la niñez de mi primo. La tarea de mi tío Pepe debe haber sido aún más complicada si se toma en consideración que vivían en el Callao. Hacerlo aliancista se habría tornado imposible.

Así las cosas mi tío debe haberse resignado a que muera con él la afición aliancista en la familia (porque en mi árbol genealógico hay hinchas hasta del Municipal, pero de Alianza sólo el protagonista de este relato). Sin embargo, con los años dos acontecimientos hicieron que mi tío Pepe recuperara las esperanzas en extender en su familia el amor por su equipo: mi nacimiento y el de mi primo Coco.

Yo nací en julio y mi primo Coco en noviembre de 1979. Creo que, luego de los nombres que nos pondrían, lo más importante era de qué equipo seríamos. Desde ese momento se inició una guerra entre mi tío Pepe y mi tío Perico, que es de la U, por hacernos hinchas de sus respectivos equipos. Con menos chance, mi tío Jesús terciaba para que abrazáramos los alicaídos colores del Deportivo Municipal.

Pero sin duda, era mi tío Pepe el que más empeño le ponía a su empresa. Nos compró la camiseta, posters, pelota, figuritas del Alianza. Y lo más importante: nos llevaba a Matute. Esta perseverancia y dedicación finalmente dieron frutos. Me cuentan, porque no lo recuerdo muy bien, que un día Coco y yo, de seis o siete años, empezamos a jugar a que éramos jugadores de Alianza mientras pateábamos la pelota en la puerta de la casa de la abuela en Jirón Colina. Mi tío Pepe estaba feliz.

Pero faltaba el toque final. Ese sello indeleble que marca para toda la vida el amor por uno u otro de los compadres: un clásico. Entonces, el orgulloso tío aliancista se encaminó con sus dos sobrinos aliancistas al estadio aliancista para ver un triunfo aliancista sobre la U. Era 1987 y fuimos a la tribuna de oriente de Matute. En ese entonces la gente de la U y de Alianza se sentaba prácticamente junta y no había las separaciones a las que hoy obliga la violencia.

En fin, fuimos al estadio donde nuestra filiación aliancista quedaría oleada y sacramentada. Pero aquella tarde la U ganó con dos goles de Fidel Suárez. Mi primo y yo gritamos los goles, sobre todo el segundo. Recuerdo todavía al arquero de la Alianza arrastrándose infructuosamente ante la maestría del zurdo. Ese día me hice hincha de Universitario de Deportes. Creo que mi primo también lo es desde ese momento. El buen tío Pepe tuvo que resignarse otra vez. Pero lo que voy a deberle toda la vida es el haberme llevado a ese clásico.


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