Me dicen que te has muerto, pero creo que no tienen razón. Todavía puedo escuchar tus patas atolondradas bajando las escaleras y tus ladridos cuando suena el timbre. Como lo hago desde hace diez años, todavía levanto los cojines de los muebles para que tú, pendenciero, no te eches a dormir en el juego de sala de la vieja. Aún siento que llegarás a saludarme en medio de la madrugada, entre dormido y despierto, al sentirme llegar a casa, tarde, como siempre. Anoche hasta escuché como roncabas debajo de mi cama. Bajé la mano para acariciar tu cabezota, pero sólo sentí el frío del piso que me hizo recordar que cuando un tumor hace metástasis en el cuello de un perro cualquier esfuerzo es inútil. Y me volví a dormir. Quizá para no llorar, quizá para poder acariciarte en un sueño. Un sueño que me diga que es mentira que estás enterrado en mi jardín.
