En el colegio yo tenía un profesor de Historia Universal que era en realidad genial. El hombre no se limitaba a explicarnos por qué a Napoleón le sacaron la chochoca en Waterloo o los detalles sobre la decapitación del Rey de Inglaterra Carlos I, sino que además era una fuente inagotable de historias, anécdotas y esos detalles paralelos que le dan a la historia un color distinto al de las enciclopedias. Años antes que el cable nos trajera la maravilla de “The History Channel”, este profesor había encontrado el modo de hacer sus clases de una manera tan entretenida e interesante que lograba mantener atentos por tres cuartos de hora a un grupo de treintaitantos escolares menores de 16 años que no precisamente se caracterizaba por su buena conducta.
Y es que este profesor tenía una envidiable capacidad para hilvanar hechos y anécdotas con las que mantenía la atención de un auditorio que se jactaba de haber hecho llorar a uno de sus colegas. Por ejemplo, en una clase sobre los procesos revolucionarios en América Latina, el profesor explicó que éstos coincidieron con el “boom” de la literatura latinoamericana, que tenía entre sus más conspicuos representantes a Vargas Llosa y García Márquez. ¿Por cierto, sabían ustedes que Vargas Llosa le metió un puñetazo a García Márquez? No profesor, cuente, cuente. Y él contaba que, según narró el fallecido fundador de Oiga, Paco Igartua, el escritor peruano noqueó al colombiano al parecer por celos. Y esto pasó cuando se estrenaba en México una película con guión de Vargas Llosa sobre el accidente de aviación ocurrido años atrás en los Andes con un equipo uruguayo de rugby. Este accidente fue muy comentado en la época, ¿saben por qué? No profesor, cuente, cuente. Pues porque los muchachos uruguayos lograron mantenerse vivos gracias a que se alimentaron con la carne de los viajeros muertos. Bueno, hay culturas en las que se practica el canibalismo, sabían que… No profesor, cuente, cuente. Y así podía seguir, retornando al tema de la clase e intercalándolo con anécdotas, hasta que el maldito timbre nos interrumpía.
Confieso que fue la única vez en la que he estado en un salón de clase y no he deseado con todas mis fuerzas que llegue la hora de recreo o, mejor aún, de la salida. Eso lograba la pasión que mi profesor le ponía a su clase. Como cuando termino un buen libro, me dio pena cuando se terminó el año. Recuerdo que fui a buscarlo el último día de clase para agradecerle por lo que me enseñó aquel año de 1996.
Hace algún tiempo me encontré con él por primera vez desde que terminé el colegio. Lo saludé fraternalmente y luego de las frases sociales de rigor, me preguntó cómo me iba. Al poco rato noté que el brillo de sus ojos y su sonrisa inicial se iban borrando de su rostro. Yo ya no era más el chiquillo de uniforme que le decía “cuente, cuente” y con quien compartía su arsenal anecdotario.
Yo era un adulto al que ya no debía contarle la historia universal, sino una más personal, como que desde hace años trabaja en tres colegios y dicta clases los sábados y domingos para terminar a duras penas con la construcción de su casa. Que le han reducido la cobertura del seguro, que cada día son menos sus beneficios y que le preocupa el resultado que arrojan sus cálculos sobre la pensión que recibirá luego de su inminente jubilación.
Cuando me despedí de mi profesor, quise agradecerle nuevamente por lo que me enseñó, lo cual me sirvió más que muchos cursos de periodismo, quise decirle que la riqueza que él tiene es más grande que cualquier casa, porque el valor de haber formado tres generaciones de hombres de bien, quienes lo recuerdan con cariño, es más grande que cualquier casa o seguro. Pero me quedé callado. Y es que absolutamente nada de lo que hubiera podido decir habría sido suficiente para mi Maestro.
Desde mi corazón, Feliz Día Profesor.
MANICOMIO 257
Hace 15 horas.