miércoles, abril 13, 2005

El cochino dinero

Uno de los beneficios que me da este trabajo es un toyota negro con lunas polarizadas que me lleva religiosamente hasta la puerta de mi casa cuando termino la jornada laboral de diez, doce o catorce horas. Cosa paradójica, hombre con chofer y –en estos meses de pago de impuestos– con muchas tarjetas, pero ningún billete en la cartera. Necesito más plata carajo, pensaba a lo largo de la Vía de Evitamiento. Me di cuenta de manera más nítida de mi necesidad cuando me pareció una barbaridad pagar tres soles por el peaje. Pensé en un post que leí por ahí (creo que en “Agenda de un Loco Razonable”) en el cual el autor preguntaba si alguien conocía dónde había dinero botado para ir a recogerlo. Me reí. A la altura del puente Benavides volví a recordar que no tenía plata. Retornó mi malhumor. Llegué a mi casa, me bajé del carro. Cuando caminaba hacia la puerta encontré a una señora agachada cerca al jardín del frente de mi casa. Buscaba en mi basura algo que sirviera para reciclar. “Perdón, joven…”, murmuró pensando quizá que la echaría de allí. Hay gente que está más jodida que yo, pensé recordando los dichos de mi madre. “Busque no más seño, si encuentra plata me avisa ah!”. No me entendió. Y yo me reí otra vez.

martes, abril 12, 2005

¡Aquí se habla español!

No tengo nada en contra del inglés, idioma que no domino, pero que muchas veces tengo que usar por cuestiones de trabajo. Sin embargo, soy un enamorado de mi lengua materna, y quizá por eso me resisto a ser parte del aplastante proceso que se evidencia cada día más en nuestra forma de comunicarnos y de sustantivar.

A lo largo de no pocos años el inglés fue apoderándose sigilosamente de un espacio importante en nuestro lenguaje cotidiano hasta reemplazar por completo a los vocablos en español con el mismo significado. Casi sin darnos cuenta empezamos a decir “break” en vez de “receso”. Ahora buscamos un trabajo “part time”, y no “a medio tiempo”, o “full time”, y no “a tiempo completo”. Ya nadie pide un “cojín” de shampoo, sino un “sachet”. Y hasta una controvertida conductora de televisión ha recogido una exclamación muy de moda entre las jovencitas cuando una noticia las sorprende: “whaaaattttt!”, en vez de ¡queeeee! En fin, ejemplos sobran.

A mediados de la década de los noventas, el fenómeno de la globalización hizo que el conocimiento del inglés dejara de ser un valor adicional a la formación profesional para convertirse en un pre-requisito de la misma. Sin embargo, este proceso fue más allá y en muchos casos el inglés sustituyó al castellano. La poderosa internet e incluso el gigantesco crecimiento de la televisión por cable, terminaron de abonar un fértil terreno para los anglicismos.

Intentaré acercar lo que trato de decir al medio que estoy utilizando. En la mayoría de las bitácoras latinas y en nuestro caso, peruanas, casi todos los bloggers usan gran cantidad de palabras y frases en inglés. Incluso redactan posts enteros en ese idioma, que no es el suyo. No es mi intención criticar esta costumbre, pues no tiene nada de mala, pero –al menos para mí– sí bastante de singular. Por ejemplo, me he topado con algunos post en los cuales la gramática es perfecta cuando se redacta en inglés, pero pésima cuando se usa el castellano.

Sería obtuso negar que el conocimiento del inglés es vital para nuestro desarrollo individual e incluso social, puesto que constituye el idioma universal en cuanto a conocimiento y tecnología. Pero considero que no por ello debería desplazarse el cultivo del castellano. Incurrir en este tipo de discriminación lingüística –desde mi humilde punto de vista– no tiene otro nombre que alienación.

El castellano es un idioma hermoso, inacabable y elegante. Si China no tuviera tantos millones de habitantes, nuestra lengua sería la más hablada en el mundo. Sin embargo, los latinos nos empeñamos cada vez más en mejorar nuestro acento y aumentar nuestro vocabulario en inglés, y nos preocupamos cada vez menos en hablar y escribir correctamente nuestro propio idioma. Eso es lamentable.

sábado, abril 09, 2005

...manyas?

Hace poco estuve revisando blogs mexicanos. Algunos post me parecieron muy interesantes, aunque a veces se tornaban algo difíciles de comprender debido a la frecuencia con la que usaban la jerga local. Aunque –gracias al eterno Chavo del 8– tengo un conocimiento básico de la jerga mexicana, algunas de las palabras que leí hasta hoy permanecen en la nebulosa de mi cerebro.

Entonces recordé que al leer los blogs peruanos había encontrado varias jergas de uso frecuente en nuestro medio, e incluso caí en la cuenta de que yo mismo había usado este tipo de lenguaje en más de una ocasión. Pensando en quienes nos leen desde otros lares hice una pequeña selección de un diccionario de la exquisita, inacabable e ingeniosa jerga peruana que encontré en la web. Espero les sea de utilidad.


A

Achorado: (adj.) desafiante. “Mejor ni lo mires porque es bien achorado”
Afanar: (v.) enamorar, cortejar.
Aguja: (adj.) exiguo de dinero. “Te pago la próxima semana porque ahora estoy aguja”.
Al polo: (adj.) helado. “¡Mozo, dos cervezas al polo!”.
Ampayar: (v.) pillar, agarrar desprevenido, "con las manos en la masa".
Arrecho: (adj.) excitado sexualmente (verbo: arrechar, arrecharse).
Arruga: (f.) deuda. “Los García ya no podían con tantas arrugas”.
Asado: (adj.) enojado. “Estoy bien asado contigo”.

B

Bacán: 1) (adj.) equivalente al “cool” norteamericano o al “chévere” venezolano.
Bamba: (adj.) falsificado, no original, imitación.
Bobo: (m.) 1) reloj de pulsera; 2) corazón
Buitrear: (v.) vomitar.

C

Cabro/cabrilla: (m.) hombre afeminado.
Cachar: (v.) tener relaciones sexuales.
Cachuelo: (m.) trabajo temporal, informal
Calato: 1) (sust./adj.) persona desnuda; 2) por extensión, bebé.
Camote: (m.) cariño efusivo. “Le he agarrado camote a María”
Cana: (f.) cárcel.
Caña: (f.) automóvil. Por extensión, chofer.
Cocos: (f.) dólares.
Coima: (f.) comisión que se da para obtener algo en forma ilegal.
Cojudo: (adj.) palabra usada como insulto fuerte.
Conchudo: (adj.) desentendido, indolente, desobligado.
Combi:(m.) Pequeño bus o van de transporte público urbano.
Como cancha: (adv.) mucho, bastante. “¡Había gente como cancha en la fila!”
Chamullar: hablar mucho tratando de convencer a alguien aunque uno no esté seguro.
Chape: (m.) beso en la boca.
Chibolo (a): (adj) niño.
China: (f.) moneda, equivalente a cincuenta céntimos del Perú.
Choro: (sust.) ladrón, ratero (verbo: chorear). “Ese barrio está lleno de choros”.
Chupado: (sust./adj.) tímido, cobarde.
Chupar: (v.) libar.
Chupe: Trabajador de segundo nivel que alaba al jefe.

F

Fallo: (m.) cigarrillo.
Figuretti: (sust./adj.) persona que intenta ser siempre el centro de la atención
Fintero: (adj./sust.) que aparenta algo que no es.
Florear: (v.) adular, alabar.
Floro: el mejor léxico para impresionar,
Fregar: (v.) molestar, fastidiar
Frío: (sust./adj.) muerto. “Cuando la ambulancia llegó, el paciente ya estaba frío”.

H

Hincha: (invariable en el masculino) seguidor de un equipo de fútbol.
Huachafo: (sust.) persona cursi, ridícula.
Huachimán: (m.) agente uniformado de seguridad particular. (Del inglés "watchman").
Huarique: (m.) bar, cantina, o lugar de reunión con un cierto aire de clandestinidad.
Huevo: (adj.) fácil. “El último examen estuvo huevo”.
Hueveo: (sust..) solaz. “Hoy en el colegio fue puro hueveo”.

J

Jerma: (f.) enamorada, novia
Jodido: (adj.) 1) destrozado, arruinado, 2)complicado, difícil.

L

Lechero: (sust./adj.) suertudo, afortunado.
Lorna: (adj.) tonto (igual en femenino y masculino).
Luca: (f.) moneda, equivalente a un Sol peruano.

M

Manyar: (v.) entender, conocer.
Mariachi: (m.) marido, esposo.
Metiche: (sust./adj.) entrometido.
Misio: (adj.) sin dinero.
Mitra: (f.) cabeza.
Monse: (sust./adj.) tonto, ingenuo.
Mosca: (adj.) alerta, despierto.

P

Palta: (f.) vergüenza. “Rocío me hizo pasar una palta cuando dijo que soy muy tacaño”.
Pata: (sust. inv.) amigo. “Jorge es pata de Carlos”.
Pichanga: (f.) 1) partido de fútbol amistoso, espontáneo, informal
Piña: (f.) 1) persona con mala suerte; 2) (adj./sust.) desafortunado.
Pituco: (sust.) persona adinerada, rico.
Pollada: (f.) fiesta popular de barrio donde el platillo principal es el pollo a la parrilla.

Q

Quincearse: (v.) equivocarse, confundirse. “Paola se quinceó de calle y se perdió”.
Quitarse: (v.) irse. “Bueno, un gusto... me quito”.

R

Rayarse: volverse loco (adj.: rayado). “No le hagas caso que está rayado”.
Recursear: Sinónimo de cachuelear.
Refri: (m.) frigorífico, nevera. “Saca el postre del refri”.
Roche: (m.) vergüenza. “A Sara le daba roche desvestirse delante del médico”.
Rosquete: (m.) hombre homosexual (peyorativo).
Ruca: (f.) prostituta, mujer promiscua.

S

Salado: (adj.) desafortunado, con mala suerte
Sangrar: (v.) pedir dinero perniciosamente.
Sanguche: (m.) emparedado.
Sapo: (sust./adj.) curioso.

T

Telo: (m) hotel, hostal, motel.
Terruco: (m.) terrorista.
Tirar: (v.) tener relaciones sexuales.
Tirar cabeza: no devolver algo prestado. “Mónica te tiró cabeza con el vestido”.
Tombo: (m.) agente de policía. “El tombo me paró cuando iba manejando”.
Tono: (m.) fiesta.
Toque: (m.) momento, rato. “Espérame, regreso en un toque”.
Trampa: (f.) mujer promiscua.
Tranca: (adj.) borrachera.
Trome: (adj./sust.) hábil, diestro, que destaca.

V

Vacilón: (m.) 1) diversión; 2) pasatiempo, hobby; 3) relación pasajera o poco seria.

Y

Yuca: responsabilidad pesada, tarea engorrosa. “Ese trabajo está yuca”.
Yunta: (sust. invariable) amigo íntimo.
Yapa: (f.) añadidura que obsequia el vendedor al comprador.


Para acceder a la versión completa, pueden visitar la siguiente dirección: http://www.jergasdehablahispana.org/peru.htm.

lunes, marzo 28, 2005

Confesiones de un masoquista

No sé a ciencia cierta cómo ni cuándo comenzó esta adicción al dolor. Pero quizá pueda encontrar en mi niñez los orígenes de este raro mal. Haciendo memoria, creo que la punta de esta larga madeja de sufrimientos puede encontrarse un 30 de junio de 1985. Ese día, la selección peruana de fútbol estuvo a punto de clasificar al Mundial de México 86. No sería una clasificación común y silvestre. Íbamos a eliminar nuevamente a la Argentina en su propia cancha. Sólo faltaban siete minutos para que terminara el partido y nuestra selección iba ganando 2 goles a 1. Yo estaba a punto de cumplir seis años y ya me imaginaba pegando las figuritas de Cueto, Oblitas, Barbadillo y Navarro en mi álbum de México 86. Gareca se encargó de romper todos mis sueños. Fue el primer golpe. Pero estaba lejos de ser el último.

Pasaron los años y la cosa fue de mal en peor. Cada selección peruana que pasó del 86 en adelante fue más desastrosa que la anterior. Pero eso no era lo único que estaba lejos de mejorar. Paradójicamente, mientras más papelones protagonizaba la selección más acérrima era mi afición. Así, sufrí las sucesivas eliminaciones, sin pena ni gloria, para los mundiales de Italia 90 y Estados Unidos 94. Perú apenas consiguió un punto en los diez partidos que jugó. Yo vi todos esos partidos. Yo sentí todas esas derrotas. Luego vinieron las eliminatorias para Francia 98. La clasificación era posible y fue posible hasta el último partido de la eliminatoria. Esa esperanza sólo sirvió para hacer más cruel el desengaño. Chile nos goleó 4 a 0. Trágico final de otro sueño. De las eliminatorias para Corea-Japón 2002 mejor ni hablo.
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¿Cómo podía seguir yo, entonces, partido tras partido, gol tras gol (en contra, por supuesto), derrota tras derrota, eliminación tras eliminación, con esta malsana obsesión con escuchar el “Somos libres, seámoslo siempre...” en un mundial de fútbol? Esa respuesta no la tengo aún.

Lo único que tengo claro hoy es que Perú puede clasificar (aunque los hechos me demuestren lo contrario), sólo sé que veré cada uno de los partidos que quedan en esta eliminatoria (aunque casi todos serán derrotas), que sufriré con cada una de esas derrotas (¿ves? ya sabías lo que iba a pasar, terco) que me esperanzaré hasta el final (para sufrir cuando llegue ese final), que haré malabares matemáticos que darán como resultado la clasificación (en mis cálculos, por ejemplo, Bolivia tiene que golear a Colombia), que me encontraré otra vez con la derrota y que (como siempre) todo empezará de nuevo.

viernes, marzo 18, 2005

¡Qué viva Barney! (…al menos hasta que crezca mi sobrina)

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Lo intenté todo, pero con nada podía tranquilizar a la bendita chibola que parecía tener un excedente gigantesco de azúcar, pues su pequeña anatomía de dos años y medio no dejaba de ir de un lado a otro de la casa, seguida –apenas- por este sufrido (y resaqueado) tío que de cuidar niños sabe tanto como de matemática cuántica.

Había estado con unos amigos en una reunión que se prolongó hasta rayar las primeras luces de ese domingo. Cuando llegué a mi casa sentí una profunda felicidad de saber que mi familia se había ido al club. No porque no la quiera, todo lo contrario, sino porque podría dormir sin el bullicio endémico de los fines de semana en la Residencia Castillo Fernández.

Era apenas mediodía cuando sentí que alguien abría la puerta de mi cuarto. Era mi prima. En la mano tenía la llave que le había dado mi mamá, y en el rostro la expresión de un condenado antes de ser fusilado. “No tengo quien me cuide a la bebe. Sólo por un par de horitas. Tengo que recoger unas cosas en el trabajo y no la puedo llevar. No seas malito… etc.” Cuando estaba a punto de mandarla a rodar, mi sobrina entró al cuarto. “Benos día tiyo Anchel”. Besito incluido. ¿Cómo carajo decir que no? Mi prima desapareció en menos de lo que me demoré en decir: “está bien, pero sólo dos horas ¿ok?”

Las fuerzas me abandonaron a los escasos veinte minutos. El sueño, el dolor de cabeza y el malestar clásico de la resaca hicieron que sucumbiera en el sillón. En la media hora siguiente, la chibola había roto un adorno de mi vieja, rayado la tapita de mi celular, metido la mano en la boca de Porthos (mi perro), traumatizado para sus siete vidas a Pistaco (mi gato), arrancado hojas de las plantas de todos los maceteros, destrozado el catálogo de Saga, destrozado el catálogo de Ripley y un prolongado e inenarrable etcétera.

De nada sirvieron las canciones de Yola que le quería hacer cantar desde el sillón. Es que Yola ya fue hace tiempo, ¿no? Tampoco tuve suerte imitando voces graciosas. Bueno, no soy muy gracioso que digamos, tampoco la bebe tiene la culpa de todo. Entonces, me acordé que le gustaba la música de Axe Bahía. Desesperado, logré alcanzar el control remoto del equipo. Busqué en todas las emisoras. Ninguna pasaba al bendito grupete brasileño. “¡Y pensar que hace poco me tenían podrido todo el día con el Onda Onda y demás yerbas!”

“¡Ah ya sé! La voy a hacer ver televisión”, pensé finalmente. Prendí el todopoderoso aparato. “¿En qué canal pasan los dibujos animados, maldita sea? ¡Por fin! Adriana, mira los dibujitos”, grité, sin moverme, y poniendo todas mis esperanzas en la magia de la caja boba. Pero a ella no le interesaba.

Rendido y resignado a mi suerte, me quedé mirando Discovery Kids mientras mi sala sucumbía a la destructiva dictadura de la pequeña. Cuando de pronto, sonó una canción de desfile norteamericano, seguido de una canción: “Barney es un dinosaurio que vive en nuestra mente y cuando se hace grande es realmente sorprendente…” Adriana dejó de jalar el mantel y corrió hacia el televisor. Se sentó frente a la pantalla y no se movió más. Estaba hipnotizada por el dinosaurio púrpura de voz amongolada. Para cuando empezó a cantar: “Te quiero yo, y tú a mí…” su mamá ya había llegado.

Te aseguro Barney que ese día quien más te quiso en este mundo fui yo.

miércoles, marzo 16, 2005

Del puente a la...

En Lima no existe una inversión más inútil que las decenas de puentes peatonales que atraviesan la Vía de Evitamiento y la Panamericana Sur. ¿Para qué se han gastado millones de soles de todos los peruanos en estas obras, si nuestros cívicos vecinos siembre cruzan las vías de alta velocidad por la mera pista? ¡Qué despistado el Alcalde que construyó los puentes! ¿Acaso no sabe que al peruano le importa un rábano arriesgar la vida si de ahorrar tiempo y esfuerzo se trata? ¿Qué no podía ver que es más rápido cruzar por la pista en vez de subir decenas de escalones y después bajarlos para llegar seguro al otro lado? Antes de hacer tamaña inversión debieron haberle preguntado al hijo de puta que se atravesó al taxi que me llevaba a cien kilómetros por hora por Evitamiento y que casi ocasiona que no estuviera aquí para escribir este post.

sábado, marzo 12, 2005

Cuento Trillado

Temprano fue al banco a pagar una armada de la universidad donde acababa de ingresar. Le había agradado el cajero y cuando le dio su cambio intentó, con atrevimiento, tocarle la mano. No lo consiguió. En fin. Para cuando pague la otra pensión será. Su pueril intento de flirt se diluyó inmediatamente cuando el estúpido del guachimán le silbó chabacanamente, sin tacto ni delicadeza. Minutos más tarde, pensando en el anónimo cajero, recorría el camino a la universidad a bordo de una de las innumerables combis que vuelan por la avenida Javier Prado. Cuando bajó en su paradero, el otro estúpido del cobrador le volvió a silbar.

Era el primer día de clases y, desde luego, esos jeans apretadísimos, el polito minúsculo tan pegado al cuerpo y ese caminar de pasarela no pasarían desapercibidos para la masa de cachimbos. Y así, Steven Javier Silva fue, en su primer día de universitario (o universitaria, como prefieran, o para no desilusionarlos del todo), el centro de las bromas pesadas de cuanto adolescente y arlequín estudiante se cruzara en su camino. En el aula, cuando el catedrático Rosas le preguntó su nombre, su voz soltó un "Steven Javier Silva, profesor..." tan afeminado que el salón entero se cagó de risa, con Rosas incluido. Todo esto lo hacía tan distinto, tan irreverentemente distinto, a los demás estudiantes de Administración de la universidad.

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Durante los siguientes diez meses todo siguió igual. Eso no parecía afectar a Steven Javier, quien no se inmutaba con los silbidos o los sarcásticos piropos de los demás estudiantes, que ya formaban parte de su cotidianidad. Cuando un insulto lo molestaba mucho, a lo máximo que atinaba era a lanzar un ¡estúpido! Afeminadísimo que sólo lograba recargar la ametralladora de insultos. Entre los pocos amigos que Steven Javier hizo en esos diez meses, nadie comprendía la razón del estoicismo con que soportaba ese suplicio diario. Y es que el muchachito mide un metro ochenticinco, tiene bíceps anchos y una caja torácica de instructor del Gold Gym. Su padre, meditando al respecto, concluyó magistralmente: "Tremendo manganzón por las huevas..."

Un día de esos, no tiene importancia cuál (todos eran iguales), llegó más temprano que de costumbre a la universidad. Después de dejar su mochila (¡de Garfield!) en el salón y tras recibir su primera dosis de silbiditos y piropos por parte de unos estudiantes boleteados de la juerga de la noche anterior, bajó por un cigarrillo. Recién encendía el mentolado, cuando distinguió que de la ventana más grande del frontis de la universidad ondeaba un sostén negro adornado con piedras, sostenido por los boleteados estudiantes. La misma prenda de vedette que minutos antes había estado discretamente guardada en su mochila (¡de Garfield!). Imposible saber qué hacía allí sin apelar a la suspicacia particular. En ese momento llegaba la gran parte de estudiantes, la gran parte de miradas. Steven Javier corrió a la ventana, recuperó a arañones el trapo, cogió su mochila y desapareció.

Al día siguiente, Steven Javier, inexplicablemente, vestía unos pantalones Filipo Allpi, muy bien entallados, una camisa Cougar (sólo para hombres), su cabello recortado descubría sus hasta ahora desconocidas orejas, y su caminar era poco menos que militar. Su voz también fue parte de esta metamorfosis. Cuando el catedrático Rosas pasó asistencia, al apellido Silva le siguió un "presente, profesor" tan varonil, que todo el salón se quedó cojudo, con Rosas incluido. A partir de ese día y durante los siguientes y radicalmente distintos meses y años, a don Steven Javier Silva lo esperaba una rubia bestial, digna de un concurso de belleza, a la salida de clases. Fin del cuento.

(Casi olvido un detalle, que a la sazón podría resultar interesante. Los estudiantes que llegaron con el tiempo a la universidad nunca pudieron entender la razón por la cual ese manganzón del último ciclo de administración nunca dejaba su mochila... ni para ir al baño.)

viernes, marzo 11, 2005

España, aparta de mí este cáliz

(A un año de la muerte de cuatro peruanos en los brutales atentados en la estación de trenes de Atocha)

Habían llegado a España en busca de las oportunidades que no encontraban en el Perú para sacar adelante a los suyos. Algunos tenían hasta tres empleos. No importaba. Cualquier esfuerzo era poco para progresar en tierras lejanas. Una mañana, que parecía ser cualquier otra, la dinamita de trece malditas mochilas convirtió a Atocha en la última estación de sus vidas.

El 11 de marzo de 2004, medio centenar de extranjeros, entre ellos peruanos, ecuatorianos, colombianos, hondureños, dominicanos, rumanos, polacos, búlgaros y marroquíes, perdieron la vida en los brutales atentados perpetrados contra cuatro trenes suburbanos de la capital española y su periferia sur.

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En total murieron 192 personas y mil 900 resultaron heridas, la mayoría obreros y estudiantes que a las 07:30 estaban en los trenes o esperaban en los andenes de las populares barriadas de Santa Eugenia, el Pozo del Tío Raimundo y en la estación de Atocha, sin imaginar que esa fría mañana madrileña encontrarían a la muerte en forma de una espantosa explosión.

El lugar de las explosiones fue muy lejos del Perú, pero la tragedia fue muy cercana. Entre las víctimas se encontraban cuatro de nuestros compatriotas que, al precio de alejarse de sus familias o de sus hijos pequeños, intentaban forjarse un mejor porvenir en España.

Vaya este post como un sencillo homenaje a la memoria de Neil Hebe Astocóndor Masgo, Carlos Marino Fernández Dávila, Juan Antonio Sánchez Quispe y Jaqueline Contreras Otiz.

miércoles, marzo 09, 2005

A mis amigos...

Image hosted by Photobucket.comMi homenaje a los compañeros de esta vida, tan corta, tan larga. Representantes de este malhadado signo, a quienes, por pretender conocer mucho, no conozco nada y que por creer conocer poco, termino conociendo demasiado. Incansables seguidores de este Joaquín, al que cada día le ponen más discos encima. Mitades sin mitad. Viajeros de madrugada en este bus que a veces, como la vida, llega antes que nosotros y nos pasa de largo.

martes, febrero 22, 2005

El flautista de Famelin (Cuento perdido)

(Al anónimo virtuoso de una de las tantas cuadras de la avenida La Marina)

Era una rutinaria salida de clases en la facultad, y como siempre a las doce y media en los paraderos de buses, colmados por estudiantes, se respiraba esa atmósfera que era una mezcla de insoportable calor y alpinchismo universitario. En medio de ese anónimo conglomerado, futuro del país, había algo que no encajaba, que no debería estar allí. Por lo menos así lo entendían dos chicas que miraban casi con asco a un tipo que frente a ellas acariciaba a un perro callejero, que en ese momento tampoco debería haber estado allí.

El desubicado, y acariciante de perros con sarna, traía una camisa en los puros hilos, de seguro de tanto lavarla, pues no estaba sucia; y debajo una tela descolorida y ancha que alguna vez fue un blue jean. Uno de los grupos de estudiantes estalló en risas y aplausos a causa del último chiste acerca del director académico de la facultad. El ruido trajo de su retraimiento al desubicado, que dejaba de acariciar al perro con sarna, levantando la mirada y dando la impresión de recién caer en la cuenta de que no estaba solo con el chusquito, que ahora corría espantado, temiendo que le cayera encima el inmenso libro de estadística que una de las chicas levantaba sobre su cabeza, amenazante.

El tipo se puso de pie, no era muy alto, y se colocó hasta el sardinel de la acera. Traía una mochila, eso sí era una ofensa para los insignes universitarios, especialmente para las dos chicas. No vayan a pensar que ése estudia con nosotros. Los murmullos cesaron cuando de su mochila, el desubicado, que definitivamente no estudiaba con ellos, sacó un pedazo de tubería para cañería PVC, con agujeros de distintos tamaños y una especie de pito en uno de los extremos. Con mucha imaginación eso resultaba ser una flauta. Intentaba afinarla, pero el último chiste acerca del profesor de filosofía se lo impidió.

Para alivio del anónimo conglomerado, futuro del país, especialmente para las dos chicas, el desubicado, que ahora se iba, tomaba un bus de la línea 48. Esos de todo La Marina, Abancay y fin del mundo.

El bus estaba medianamente lleno y era un híbrido ilustrador de una híbrida sociedad. Tipos hojeando sus diarios deportivos, señoras comentando cuál novela era mejor, colegiales bulliciosos, mamachas con mercadería, secretarias empolvadas casi como mimos, algunos universitarios despreocupados y otros no tanto, y hasta un froter.

La radio del bus estaba a todo volumen y sus parlantes vomitaban una technocumbia que cumplía con todos los requisitos de la antiestética. El chofer, muy a su pesar, la apagó. Luego de agradecer la amabilidad del conductor, y tras una escueta presentación, muy buenas y cordiales, cordiales tardes, un joven estudiante a la vez trabajador y no me des la espalda, sacó de su mochila su instrumento, si así podemos llamarlo, y como primera canción...

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El tipo cerró los ojos, se acercó la flauta a la boca y empezó a tocar. Sus mejillas inflamadas parecían globos de carnaval a punto de reventar, mientras sus dedos acariciaban los agujeros como a la mujer amada. Parecía que en ese momento no era el bus su escenario, ni ese híbrido montón de gente su audiencia, ¿catarsis?, como sea, el flautista viajaba. Imposible saber adónde. A un pequeño rincón de Ayacucho, o alguna de las tantas casitas de esteras en uno de los tantos cerros limeños, o hacia cholitos sonrientes, o quizá al momento cuando acariciaba al perrito sarnoso. Imposible saber adónde. Y como segunda canción...

Las melodías alegres dieron paso a lastimeras cadencias, ¿adónde habría viajado el flautista?, debió haber sido triste, tan triste como para que la flauta llorara con él. A un pequeño rincón de Ayacucho donde un día llegó la muerte en forma de hoz y martillo, o hacia alguna de las tantas casitas de esteras desalojadas brutalmente en uno de los tantos cerros limeños, o hacia cholitos sonrientes pero carcomidos por la tuberculosis, o quizá hacia el momento en que el perrito huía despavorido ante la insensible amenaza de veintidós capítulos de estadística. Imposible saber adónde.

El flautista concluyó y regresó al mundo, al anárquico tránsito de la avenida La Marina, al bus. Guardó la flauta en su mochila y (aquí llega la parte de no me des la espalda) sacó una especie de alforja y pidió una colaboración que a él no lo llevaría a la riqueza ni a nosotros a la pobreza. Pero el híbrido ya estaba cansado de tantas sombras, (que alguna vez fueron personas subempleadas), que suben a los buses con la misma cantaleta. Y así, pasó al lado de los tipos que no despegaban la vista de sus diarios deportivos, de las señoras enfrascadas en una importante discusión sobre si el hijo de la chica de la novela era del galán o no, de los colegiales aún más bulliciosos, de las mamachas que miraban con recelo su mercadería... porque uno nunca sabe, de las secretarías que se seguían empolvando y de los universitarios despreocupados y de los universitarios no tan despreocupados, sin obtener un sólo céntimo. Sólo el solitario froter dejó de lado su corporal ocupación para darle al flautista veinte céntimos. Fue lo único que recibió.

Eran casi las dos de la tarde cuando el flautista de Famelin bajó del bus y se perdió entre la interminable fila de autos en el cruce de La Marina y Sucre, y tal vez eran las dos de la tarde cuando el flautista de Famelin se dio cuenta de que tenía que lidiar con ratas verdaderamente duras. (Noviembre de 1997)

*Fotografía de Domingo Martínez

Frases para que no sea el más vil de los oficios

Periodista: Alguien que no tiene nada en la cabeza y es capaz de expresarlo. (Russell Buker)


El periodista debe escribir a gran velocidad porque sino corre el riesgo de que al llegar al último renglón, ya no tenga actualidad el primero. (Fernando Fernán-Gómez)


Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, no puede ser sino mala. (Albert Camus)


¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula celebridad? -Por supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para ser completamente desconocido. (Julio Ramón Ribeyro)

lunes, febrero 21, 2005

Estoy empezando...

Esto es una prueba... dénme un par de días.

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